水曜日, 9月 16, 2009

No quiero ser millonaria.

Si yo fuera millonaria me haría poner un buen par de tetas y me dibujaría unos pezones suaves y rosados con el mejor cirujano de tetas del mundo. Serían hermosas, tan hermosas que nadie pensaría que son ajenas a mi cuerpo. Si tuviera mucho dinero me haría una depilación definitiva, final, apocalíptica en absolutamente todo el cuerpo menos las cejas y la cabeza, y tendría el pelo tan largo, suave, sedoso, por el uso de los mejores productos para el cabello que sería doloroso verlo, tan bello, a mi pelo.
Tendría unos dientes como perlas muy blancas, perfectos, un semicírculo de perlas preciosas arriba y abajo, los hombres traerían todos sus miembros para que yo los muerda, porque esos dientes perfectos no podrían sino embellecer aquello que tocan. Así de simple es la belleza.
Iría regularmente al quirófano a mantener un cuerpo casi tallado por un artesano de la belleza, y mi piel sería como una pieza de satén acaramelado, y olería a vainillas y mis pies serían como una melodía en cada paso.
Viajaría por todo el mundo. No me alcanzarían las miradas para todo lo que podría mirar, los vientos por los que podría temblar, los mares en los que me ahogaría, los umbrales donde me recostaría, no habría rincón en el que no hiciera el amor.
Pagaría por sexo, por amor, por caricias, por palabras, todo lo compraría, desde la risa hasta el dolor. Pagaría por aquello que incluso los sabios se atreven a negarle un precio, pagaría por los hijos, por los esposos, por el perdón, por la indulgencia, por la justicia y por la injusticia.
Consumiría el whiskie más caro, más añejo, más transparente, mi cuello estaría incrustado de cadenas de oro blanco, y de ellas penderían esmeraldas de verdadero color, de verdadera autenticidad, mis zapatos estarían bordados por un monje de doscientos años, ciego, un monje que ha visto a dios recluido en un calabozo con dibujos prehistóricos.
Fumaría todo lo que se pueda fumar, tomaría cocaína pura y blanca, tan suave y efectiva que sería como respirar un poco de aire del paraíso. Me inyectaría con todos los jugos que existen para poder gritarle a dios que su mundo está errado, que su ojo tiene un velo negro por el que ve un universo azul cuando es todo ocre, del mismo color de la mierda.
Y si pudiera compraría quince muchachos altos, fornidos, con pelos desordenados, las espaldas imposibles de abarcar en un abrazo, con unas pijas enormes y duras como sólo pueden tenerse en sueños, bellas y perfumadas como siempre soñamos, las solas, en la oscuridad recóndita de nuestros pensamientos, y cada uno de ellos me amaría, y me daría muchos hijos, y muchos amaneceres como los que cada vez le cuento a mi almohada cuando voy pisándole el rastro al sueño…
Y mi mortaja sería un templo, mis coronas serían sólo hechas de rosas y mi lápida de alabastro y diamante diría, a través de un parlantito luminoso que imita la voz de Leonard cohen, aquí yace un cuerpo que ha sido feliz.

水曜日, 7月 29, 2009

Bluesman.

Bluesman, bluesman me gustaría que pusieras
todo tu moreno cuerpo encima del mìo.
Y asfixiar mi piel como si mataras a un niño,
sofocarme con tu peso, el peso de todas las cervezas y los fracasos que bebiste
en estos años.
Ay bluesman, yo se que tus ojos ayer lloraron
porque el ùltimo golpe que le diste a tu mesa
le astilló hasta la última madera...
ya no hay sitios dónde golpear y descargar tu tristeza.
Este cuerpo mío parece frágil, pero ha de ser como trenzas de acero
en el momento en que decidas meterte para siempre dentro de mí,
yo estoy acostumbrada también a ciertas noches
de dormir junto al fracaso como si fuera un amante.
Soy la amante del fracaso gigante bluesman,
con las cuerdas de mi pelo acuna la luna,
està muy sola,
como vos y yo.
Dame de beber de tu semen hasta que la vida
se vuelva un remolino de desesperación.
Esta noche yo voy a cantarte una canciòn de cuna.

水曜日, 7月 01, 2009

No (II)

Los niños juegan entre las máquinas.
Las madres huelen perfumes en cartones.
Los padres fuman.
Nadie presta atención a nada.
Una pena pasa por su lado y el humo es más servicial que los hombres.
Las máquinas hacen ruido,
los perfumes mueren,
los cigarrillos se consumen.
Dos gotas de luz caen sobre los hombros de una mujer.
Es el trajín de un hormiguero insensible.
Me dan asco.
Lo digo. Ya no puedo callar el asco y el terror que me generan.
Los niños en las máquinas, los hombres y sus cigarros
y las mujeres oliendo perfumes de cartón.
Estoy llena de miedo. Y asco.
La asesina hiberna en una sucia pensión.

No

Hay una pena dentro de mì, que se resbala de entre los dedos como un cuerpo ensangrentado aferràndose a un barranco.
Hay un fruto denso, amargo, un fruto que si cualquiera de ustedes se atreviera a morder, echarían maldiciones en todos los idiomas, y se retorcería como un gusano moribundo. Nadie puede tocar ese fruto. Está dentro de mi corazón, y mi corazón cada día se torna más duro.
Mi corazón es una cripta. Mis huesos están allí. Nadie ha venido a llorarlos.
Porqué nadie ha venido a llorar sobre mis huesos?
Las tumbas ajenas, esas son visitadas todos los días.
Las viudas y los huérfanos lloran sobre ellas.
Y a mí tumba ni siquiera las semillas se atreven a rondar.
La noche se cierra sobre mis ojos y nadie vino a lamentar mis huesos.
Eterno suspiro en mi boca.
En mis dientes, una llaga supura una melodía lenta, inaudible.
Y él? La noche se cierra y no ha venido a mi tumba.
Y entonces los árboles callan, pues la pena que hay dentro de mí se aferra a la esperanza de seguir existiendo así, por siempre, resbaladiza como un miembro mutilado.
A él se aferra todo. A él que me desprecia.
Es como una red de pescadores secando hasta la última gota de mar.
No tengo sal. Soy como un trozo de vidrio.
Lastimo.
Yo no quiero ser la única que grite en este réquiem.

水曜日, 6月 03, 2009

Luces muertas



Es en un parque de diversiones, de noche.
Las luces a pesar de ser muchas, y multicolores, parecen no alumbrar nada. Es un parque oscuro.
La gente hace colas para entrar a los juegos. Es gente impersonal. Parecen no tener un pasado. Parecen haber sido hechas para ese momento, el del parque, y nada màs. No hablan de sus vidas antes de los juegos de esa noche, todo hace referencia a la noche en el parque.
Descienden de los juegos completamente hechizados por el vértigo.
Hay niños, familias, hombres pasando el día de visita con sus hijos, por obligación, es claro que significa una carga pasar el dìa con sus hijos, preferirìan estar con sus ex esposas.
Ellas son objetos de todo ese amor restado a los niños.
Así crecen muchos niños, siendo el recipiente de ese resto de amor que sobran de las esposas o de las amantes. No son poseedores de la totalidad del amor de sus padres. Los niños no lo saben a ciencia cierta. Tienen ilusiones por pasar ese dìa obligatorio con sus padres. Esa es la inocencia, la de no saber la falta de amor del mundo para con la inocencia.
Asì luego las mujeres no saben de la falta de amor de sus amantes, de sus maridos, de sus novios, son inocentes, al igual que un niño, no saben que son ignoradas por completo. Corrijo, la inocencia es amar a quién no nos ama y no saberlo.
En el parque están también esas mujeres, sin ese conocimiento, sin esa correspondencia que hace que hace que el amor no sea una cosa dolorosa.
De repente, en esa obsenidad de desamor, donde se rìe sin amor, donde se juega sin amor, una niña, de unos cuatro años, llora. Su madre la ha dejado sola para subir a uno de los juegos.
Llora desconsoladamente. No hay consuelo para ese primer abandono. Habrá muchos en su vida así, puesto que no es capaz de captar el amor de su madre, y su atención. Entonces cómo será posible captar el amor de un desconocido. Esa protección que necesitan aùn hoy las mujeres, la protección de alguien más fuerte, esa niña siente que está desprotegida ahora.
No basta el abrazo de ese hermano, al menos un año mayor que ella. Qué amor! en ese abrazo, en esos niños. Me duele recordar. Es una herida hecha sobre la memoria. Esos dos niños, la una en los brazos del otro, el desamparo y el consuelo. Es un hombrecito. La palabra es hombrecito. El niño consolando a esa hermana que de pronto conoce el primer síntoma de ese amor materno, escueto e irresponsable a la vez. Ese niño es lo que diríamos, un auténtico seductor. Un autèntico hombre cuidando de su hermana. No reconozco su edad, ni su valentía, ni su niñez, sólo ese gesto, de cuidar a la niña, que por niña y menor, merece su cuidado. Así es.
Y de pronto, el niño gira la cabeza, distraído ya de ese abrazo que queda instaurado, como una estatua que puede mover tan sólo su cabeza, y comienza a morderse las uñas, como el más pequeño de todos, el más pequeño de los niños del parque. Quién podría negarse a ese niño, a esa fragilidad y esa conciencia a la vez de la niñez y de la hombría? Debí morderme las manos para no correr y abrazarlo a èl también. Maldije el hueco húmedo de mi vientre. Está maldito. Ese niño hubiera sido mío. Y jamás tendría que volver a consolar a nadie por la falta de amor.
Quién dice que la paternidad y la maternidad no son lo mismo?´
Más allá, a unos pasos del abrazo de los niños, tres mujeres.
Son norteñas, con esos rasgos orientales curtidos por el desierto del norte, indígenas, hijas de indígenas, alzando a sus niños coloridos, niños de colores, las tres, con sus cabellos negros, mirando como hipnotizadas las tristes luces de colores de los juegos. Sonrisas blancas.
Son el eco de una vida en ese parque casi muerto.

日曜日, 9月 21, 2008

Te mataré dulcemente

"Apenas bajó de la barca vino a su encuentro un hombre poseído por un espíritu inmundo, que habitaba en los sepulcros. Era un hombre al que no podían dominar. Lo habían atado con cadenas y grillos, pero él había roto las cadenas y destrozado los grillos. Ahora deambulaba entre los sepulcros hiriéndose con piedras. Al ver a Jesús se postró ante él y le dijo: Qué tienes tu conmigo Jesús? Te conjuro por dios que no me maltrates. Porque al verlo Jesús le había preguntado: Quién eres tú? cómo es tu nombre? Y el hombre poseído por el espíritu inmundo había respondido: Mi nombre es Legión, porque somos muchos."

Mi grandeza se sustenta en el desprecio que tengo por la vida humana. Pero este desprecio es diálectico. La humanidad también me desprecia. Tengo los poros de mi piel demasiado sensibles al rechazo. Y de eso me colmo. Ahora siento a la bestia creciendo dentro de mí. Una bestia que respira el mismo aire que respiro, siente lo mismo que yo siente. A esta bestia le arrojo desamor, desencanto, todos los pantanos y ciénagas de mi existencia. Es el depósito de mi sordidez. Este súbito deseo de asesinar se apodera hace años de mí y no deja lugar para nada más. Lo sentí crecer dentro de mi alma como un tumor maligno. Luego mi cuerpo fue demasiado pequeño para contener tanta maldad y como un virus fatal se extendió a todo aquello que me rodeaba. Todas las cosas fueron tocadas por la homicida. Hubo días en que la respiración se volvía espesa como un cóagulo de sangre por el ahogo que me producía tanto rencor. El odio ya instalándose, ya infectando, ya empollando huevos. Hace una semana maté un tipo sólo por el placer de verlo desangrarse en mi cama. Su proximidad era sucia, mediocre, inmundo, y no merecía estar mancillando mi cama con su pestilente transpiración, entonces le corté los testículos con mis propios dientes. Siempre luego de matar digo una oración en nombre de la víctima. Dice así: padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino de desgracias e iras, de plagas y privaciones. Y en ese instante puedo ver a dios, recostado en su trono, como una deidad obesa y plácida, sonriendo satisfecho, lleno de orgullo por su discípula, la que comanda los dedos de la vida y de la muerte. Mis asesinatos son actos de amor. Salvo a mis víctimas de una existencia sin sabiduría, vulgar existencia de los vulgares. Los dioses, los otros, los que han sido desplazados ante la dictadura de la trinidad, festejan desnudos, con antiguas letanías, la bienaventuranza de mis crímenes.
Las orgías divinas aparecen en el mismo momento en que desaparece mi deseo. Entonces yo también estoy como muerta, después de matar siempre muero un poco. Debo aprender a llenarme del deseo que me obliga a matar como una sed primaria. El vacío me vuelve triste y me abandono a eso que los hombres llaman resignación. No me quiero resignar. Ni siquiera a la muerte. Mi amada muerte. Sobretodo la muerte del prójimo.
La primera vez que maté a alguien era muy tarde, de noche. Estaba sentada en el cordón de la vereda, esperando la nada. Mis pies hundidos en el agua sucia que se amontona en las calles. Mi bombacha se veía desde lejos como un carbón encendido en medio de mis piernas. Mi bombacha manchada de semen y orina seca. Un tipo con barba me miraba desde lejos. Como una bestia vino a arrojarse sobre mí, a lamerme con sus piropos baratos, a bañarme en la agria saliva de su concuspicencia, a indagar sobre mi y sobre la hora y sobre la noche y yo adolescía de todas las respuestas.
Cómo un soplido brusco algo se depositó dentro de mí. Algo perverso y amorfo que se me fue a las manos, y a los dientes y en un minuto tan sólo estaba con su carne en mi cuello, y lavándome las manos de esa sangre apestosa, bendita sangre apestosa que yo derramé ante un sólo testigo. Ese dios amargo que nos hizo a su imagen y semejanza.
Puedo corromper sólo con untar mi saliva en una boca ajena. Tan sólo con posar mis dedos sobre las vestiduras de mi víctima basta para corromperla, atraparla como a una mosca pequeña para dejarla morir en un frasco sin oxígeno.
Cuando era todavía una larva, un embrión sin sexo ni músculos, mi madre solía hablarme secretamente, como hubiera hablado con cualquier adulto. Decía: más grande que una montaña. Desde la matriz escuchaba sus palabras: serás más grande que una montaña. Yo intuía que las montañas alcanzaban alturas semejantes a los animales que acompasaban mis latidos.Cuando crecí supe que ni la montaña más alta y antigua podría siquiera ensombrecer mis pies.
Mi madre se dirigía a mí con una ternura y un cariño que nunca más han vuelto a prodigarme, ni los amantes más perseverantes ni los amigos más fieles. El suyo era un cariño demoledor, inconmensurable. Nunca supo que yo me alimentaba del brillo de su alma para alimentar la mía. Yo, el perverso polimorfo, sin reglas, sin sexo, sin músculos, me alimenté de su carne, de su sangre, de la fortaleza de sus huesos para aumentar mi grandeza. El saqueo fue ingrato lo se. Al nacer la vi tal y como siempre sería, despojos de una carne cansada, la madre de la asesina, la virgen madre de mí.
Nací sabiendo el lenguaje de todos los hombres, sabiendo de antemano la soledad de los hombres con un conocimiento propio de los sabios ancianos, sabiendo he dicho, lo solos que están todos los hombres y lo vergonzoso que es ser hombre, per se. Sólo existir implica una verguenza irreconciliable, con la naturaleza y el universo en su totalidad. Siendo muy niña conocía todos los defectos, virtudes, debilidades y fortalezas de las razas de este mundo. Cualquiera que osaba mirarme a los ojos comparecía ante mi sabiduría. Mi mirada vaciaba todo rastro de humanidad en las personas. Allanaba cualquier esperanza, cualquier tipo de sentimiento que se parezca al cariño, a la compasión o la ternura. Era la maldad sin razón ni conciencia. De todos modos no fue una alimentación regular y mucho menos fácil. Las personas le niegan sus ojos a las criaturas feas, deformes. También se niegan a nombrarlas, a tocarlas, a darles una existencia civil. Entonces niegan por completo toda su existencia, la civil, la humana, la espiritual, hasta obligarlas a desaparecer en las sombras.
Creyendo que yo ignoraba su lenguaje solían decirme criatura repugnante, maldito animal, sucio engendro. Pero yo era paciente. Un gusano astuto que sabe procurarse su alimento. En la espera de su misericordia, aprendí a matar a través de mis ojos. Matar cualquier alternativa de progreso, cualquier simulacro de humanidad en sus almas. Fueron banquetes apotéosicos.
A los cinco años ´percibí como mi sexo se expandía y contraía con la velocidad de un parpadeo. Vibraba. Latía como un corazón joven. Pensé que iba a morir de ese latido, que iba a desaparecer de ese temblor. Y me lo corté. Me corté el sexo y se lo mostré a mi padre. Aquí está la razón de los miedos. Dije. La razón de las guerras, la razón del dolor. Ha muerto, no sentiré más dolor. Entonces mi padre me deformó aún más con sus golpes, ya no fui una niña. Era una bolsa de piel hecha para recibir golpes. En mi cuarto, reponiéndome de aquello, el ángel de la muerte vino a visitarme. He venido a buscarte, me dijo. Dijo: eres la maldad y el hastío, la venganza y la justicia, la justicia mucho más divina y demoníaca que es la justicia que crean los hombres con su conducta inhumana. Yo giré mi cabeza, entre los resplandores de luz encontré sus ojos y bastó para ver apagarse, como una llama en el vacío, toda la dignidad de su misógina y prejuiciosa alma. Abrió la puerta y se fue caminando, con las túnicas entre las piernas, como cualquier mortal, perseguido por los perros.
Así crecí. Como una flor ponzoñosa en medio de las delicadas flores que son vuestros hijos y vuestras hijas. Siempre escondida, siempre caminando pegada a las paredes para no ocupar el lugar que legítimamente le correspondía a sus hijos y no a mí, por ser lo que era. Poseía un olfato refinado. A metros, refugiada en mi soledad, que era como una casa construida de piedras y cemento, podía respirar el jabón con el que bañaban a sus crías. Blancas crías hechas para encandilar las sombrías crías de los lobos, de las ratas, de los pobres. Olía sus sexos, el hedor de las vaginas, carnosas y ceñidas como un puño apretado, despidiendo tufos bajo las faldas. Las vaginas, los capullos de podredumbre de sus putas hijas. Olía las secreciones de los penes que se mantenían duros por el roce de la ropa, por el soplo del viento, por la salida del sol, por las olas del mar. Inútiles penes en las impotentes cabezas de sus hijos. Yo no tenía sexo. Era la única que no tenía sexo.
Las madres siempre niegan la existencia del sexo de sus hijos. Empiezan por no nombrarlo. No hay sexo entre esas piernas, hay flores, hay animalitos, hay cositas innombrables que deben esconderse y hacer todas las cosas que se pueden imaginar que hacen esas cositas, pero siempre en la sombra del silencio. Pasan la vida creyendo en la pureza de sus hijos, como si no estuvieran hechos del mismo molde de dios, saben bien a lo que me refiero, hombre y mujer al mismo tiempo, mal y bondad, desdicha y felicidad.
Yo se bien lo que esconden sus hijos. Yo se bien porque lo he visto, los hilos con que están trenzados sus dulces hijos sin sexo. Los he visto apaleando homosexuales en los callejones, los he visto esconderse detrás de los cortinados en los restaurantes, vomitando ratas negras y masturbándose con la imagen de sus madres. Esos niños bonitos y ricos, bien educados y bien aprendidos, tienen por costumbre, violar a las niñas que salen inocentes de las escuelas y las clases de danza. Hay niños hechos para violar y niños hechos para matar. Deberían tener un dios los primeros y los segundos. Y un justiciero, que reparta la vida y la muerte de acuerdo con la sensibilidad de su corazón. Eso son sus hijos. Mierdas y putas. Las putas comen la mierda de las mierdas. Y se casan y engendran más mierdas y más putas.
La piel de las víctimas de esta clase es siempre distinta, sus axilas huelen siempre distinto, sus dentaduras siempre son blancas, insultantes, pero el arte de todos los perfumistas del mundo es obsoleto para neutralizar el olor a perro muerto de sus sexos.
La muerte otorgada a la fuerza es mi homenaje a los pájaros de la tarde que vuelan siempre hacia otro lugar. Los pájaros siempre vuelan hacia otro lugar. Es también un homenajea los pobres y a los que huyen como los pájaros de las piedras que arrojan los niños ricos. Desterrados de todo y para siempre, como perros con sarna. Ellos son los verdaderos señores de la tierra, los verdaderos dioses de la tierra y no esas míseras estatuas con vestiduras de verguenza que aman los cristianos. Con ese amor patético que sienten los cristianos por todo lo que hay, hubo y habrá sobre la tierra. El mismo amor que me condenó al sueño eterno. Cuatro siglos dormí sin poder despertar. Acosada por pesadillas. Cuatro siglos en los que ustedes me curbieron de vejaciones, se orinaron en mi dignidad y se rieron de mi infortunio. Durante cuatro siglos maldijeron mi suerte. Y ahora mírense uno junto al otro por temor a perderse, con miedo a la noche, al día, al ladrón, al asesino, al político, al vecino, al hermano, al hijo, al padre, miedo a todo lo que han construido, como sociedad, qué bonito ejemplo, qué gran verdad, ustedes son la máquina de la muerte, la que construye las armas. La sociedad que se crea y se consume a sí misma. Ustedes ensucian el amor como ensuciaron mi nombre. Ahora es tan sucio y fatal que nisiquiera yo misma puedo nombrarme. Estoy condenada a ser anónima. A morir sin nombre. A morir algún día y no poder ser recordada. Un fantasma sin nombre y sin sexo.
No.
No quiero morir así.
No tengan miedo de los niños ricos que violan a sus hijas, ni al ladrón que los desgarra por sucias monedas. Tengan miendo de su modo de amar.
Llegará el día en que comeré su carne y mancharé con vuestra sangre mis túnicas. Por haberme condenado a crear un infierno en dónde habitar con mi cuerpo y mi alma. Por haber puesto frente a mis ojos tanto horror y miseria. Después de cuatro siglos de letargo desperté en una ciudad devastada. Ya no hay ojos en sus rostros, hay cuencos vacíos, hay gusanos en sus ojos. En mi ausencia han pecado, han comido frutos prohibidos, han copulado con los ángeles. Han manchado mi linaje, yo fui la puta más sagrada y hereje de todas y ahora me han dejado sin nombre! Tengo verguenza, tengo muchos silencios dentro de mi alma. Gritos sordos, como el hielo, así es el sonido que hay dentro de mi alma.
Y ahora este súbito deseo de asesinar. Matar degollar lacerar cortar quemar ahogar. Este instinto no es por maldad. Créanme, es rencor, es un amor que alguna vez fue infinito y ahora ha mutado en un ser viscoso, lleno de tentáculos, déjense abrazar por los tentáculos de mi amor.No alcanzaron cuatro siglos de muerte para mitigar mi dolor, dios, tú que atiendes a tu rebaño, me esc uchas? lo entiendes? recuerda las poesías dichas en tu nombre, las fiestas santificadas, recuerda el fervor conque amé a tus hijos,no me abandones ahora. Destruyo porque mi sangre hierve dios, sólo es un intento desatinado por salvar mi alma. No seas cruel y concédeme la muerte.
Cuando me preguntan porqué mato, yo siempre respondo lo mismo. Que es porque no me puedo morir. Que alguien me maldijo y ahora no me puedo morir. Muchas noches es tal el cansancio que rezo en todas las lenguas conocidas para poder morir, necesito abandonar mi cuerpo, desaparecer tranquilamente, descansar de todos esos cuerpos que fueron muertos por mi, ese cansancio que me quedó tatuado en las manos, el cansancio que es al fin y al cabo, el cansancio de todos los asesinos. Necesita mi alma desprenderse de mi cuerpo porque la carne la está corrompiendo. Tal vez mucho antes de ser un embrión, tal vez mucho antes de ser una niña, yo tuve un alma inocente, como un niño custodiado por su madre para no morir por la noche. Pero al contacto de esa alma con mi carne, siento que todo se ha derrumbado, todo se ha vuelto sórdido y fatal. Y sufro, y lucho por escapar, pero no puedo, porque alguien me maldijo y no me puedo morir. Entonces mato. Mato porque mis manos van derecho al cuello de mis víctimas, mato porque mis ojos no saben mirar de otro modo que con rencor, estoy ciega de ira y de rencor, hay demasiada noche oscura en mis ojos. Mato porque hay una bestia de mi, una pobre bestia creciendo dentro de mí. Tiene la voz de un pájaro ronco. Escuchen su canto. Mi bestia, mi hija, mi hermosa bestia, reclama la sangre del prójimo, es imposible ignorarla. Ella ocupa todo el hueco que antes había dentro de mi, un hueco en lugar de útero. Vino a ocupar mi vacío porque el universo no tolera los vacíos. Fíjense cómo la piel se cierra inmediatamente en una herida, arrojen una caja vacía en un baldío y verán cómo pronto de llena de yuyos, de alimañas, de basura. Piensen en los sexos femeninos, cóncavos y profundos se alimentan de falos que mitigan el dolor de tener un hueco, una puerta abierta entre las piernas. Así, del mismo modo hay una bestia dentro de mí ocupando el vacío y la negritud.
Soy una artista de la muerte. Soy una asesina triste y solterona. Les pediría que me maten pero ya saben que no puedo morir. Ningún mortal puede tocarme. Y es sabido que se debe matar cuerpo a cuerpo, sino, la belleza del asesinato queda manchada con el color de la cobardía. Que es púrpura como el alma del que ejecuta la orden. Aprendamos de los animales, que mueren en los dientes de otro animal.
Alguna vez intenté acercarme a un hombre y contruir un amor. Pero el amor es una cosa desoladora, como acercarse a un desierto poco a poco, o nadar en un océano sin peces. Los hombres no saben amar. Las mujeres aman demasiado. El amor es un privilegio tontamente femenino. Yo tampoco he sabido enseñar, o impartir el arte de amar. Ahora pago las culpas. Al fin y al cabo... en esta caja, llena de mariposas muertas que es mi alma, no cabe otra más que yo. No hay lugar para nadie más. Me acostumbré a la soledad. No se amar. No se perdurar. Soy efímera como un grito. Nada más.
Cuánta tristeza hay en las cosas, verdad? Y cuánta locura.
Pero ustedes no pueden nombrar la locura. Sólo yo, puedo untar mi lengua con el almíbar de su nombre. Ustedes no saben lo que es la locura.
Ustedes no saben lo que es el dolor.
Ustedes no saben lo que es amor.
Ustedes no saben de lo que soy capaz.
Aquí están mis manos para enseñarles todo lo que sus almas ignoran.Les prometo dolor, les prometo miedo, y luego, el silencio.

金曜日, 7月 04, 2008

Haití

vas por la calle y te secuestran, así, un tipo por atrás te tapa los ojos y apunta a tus riñones con algo que parece un arma, tan fría está, que el contacto de su metal contra tu ropa ya es como una herida que nunca más se borra, y entonces te meten dentro de un auto, en plena calle, como si eso fuera lo cotidiano, ver a un tipo amenazado en su vida y su libertad y todos siguieran cabeza abajo, mirando el suelo, el suelo que nada tiene de novedoso, si todo lo bello está en el cielo, en el bonito cielo donde vuelan los pájaros y giran los buenos vientos, los buenos vientos que de tan asustados, de tan temerosos, se ponen a danzar allá arriba, donde ya no arrastran suspiros clandestinos, donde no llevan ruegos ni confidencias, donde la esterilidad de una súplica ya no suena sino que se desvanece, toda la gente así, como muerta, no dicen nada, se callan de repente ante la crueldad de esos tipos, hermanos tuyos, hermanos de leche se diría, quién sabe no sabemos mucho acerca de dónde venimos, nos puede haber parido la misma perra y repartido por las calles de haití, y ahora estamos enfrentados como putas disputándose el territorio, qué verguenza si nos viera nuestra madre, apenas se secaría las lágrimas de haberse muerto y ya estaría llorando por vernos así, en guerra el uno con el otro, el que tiene las armas y el que tiene por maldita suerte un par de dólares en la billetera, por pocos que sean, parecen valer la vida de alguien, qué duro vivir en estos tiempos donde la vida de alguien vale tan poco, todo el tiempo nos están poniendo precio, cuando no son precio a los perdones, precio a la vida, a las ideas, ponen precio las mujeres para prestarte una hora de amor, de parado y contra los muros, ponen precio las madres para vender a sus hijos a los gringos, a las gringas que no pueden parir, maldición de algún dios que nuestras mujeres sean tan fértiles, plantarles una semilla y se llenan de ramas y flores pequeñas, retoños de hijos que después venden a esas entrañas tan secas, malditas, ponen precio los hombres a la vida de otros hombres, con qué descaro dicen, tanto por este tipo, tanto por ese otro tipo, o se los mandamos en pedacitos, o peor, ni siquiera se los mandamos, gastamos más en el envío que en tirárselo a los perros, y yo no digo que no esté mal que algunos se vayan bien muertos a las bocas de los perros, que sirvan para saciar tanto hambre, si se pudiera usar a un hijo de puta para saciar hambrientos, sería muy bonito ver a un mundo con la panza llena, sonriendo feliz porque no tienen hambre, pero parece que no se puede repartir vida y muerte a voluntad, no estamos preparados para eso, al menos nosotros, los que no andamos con arma, que si tuviéramos armas, ya estaríamos pensando en quebrar esas líneas de vida, tan frágiles frente a un arma, un hombre frente a un arma que lo apunta, es tan tierno de ver, dan ganas de cargarlo en brazos como un niño, y susurrarle una canción, dulce canción de cuna que lo duerma para no tener que presenciar algo tan frágil, no hablo de tamaños, no hablo de estaturas, hablo de cualquier hombre, cualquier mujer que se enfrenta de repente en las calles de haití con un hermano que le grita ey vos! y se dan vuelta y ahí está, el arma y la vida latiendo del otro lado, cerca, apenas cabe un grito entre una y el otro, un grito solamente, se imaginan?, un grito y un disparo, y ya no hay más vida, y todo ese peso, toda esa maraña de venas, de transporte de sangre, ese tráfico de sangre desde el pelo hasta las uñas de los pies se detiene, y lo único que corre son las lágrimas, mis lágrimas, hermano, lágrimas que ya no devuelven la vida, el agua que devuelve la vida a los árboles que tienen sed, bueno, cuando un cuerpo se muere, uno bien puede llorarle encima toda una vida, toda una década, y el cuerpo no revive, muerto está y muerto se queda, y uno ha derramado tantas lágrimas que se vuelve como un muerto, pues nada queda ya dentro de uno, quizá la rabia de estar sintiendo el frío de un arma que te apunta, que te dice no te muevas, y de repente te mueven a patadas, que te dicen no grites y de repente te gritan que respondas, qué incoherencia, pedir que no grites para poder gritar tranquilos a su antojo, y ahí está uno, niño frente al lobo, niño durmiendo frente al asesino que lo apunta, riendo de su atrevimiento, babeando frente a la presa, en la oscuridad, niños sin padres rodeados por los lobos, así estamos, así, con un líquido caliente que nos moja los pantalones, nos hacemos pis del miedo, la injusticia se sufre así, a veces se llora, a veces se suda, a veces uno se mea y los hermanos, esos con los que has compartido juegos, esos con los que has jugado a ser el ladrón y el soldado, no era para que se lo tomen en serio, cómo van a confundir un juego de niños con semejante crueldad adulta, y ahí llaman a cualquier persona que tengas en la agenda, que figure en tu celular, y le ponen valor a tu cuerpo, a tus brazos, a tus ojos, siempre te sobrevaloran y después empiezan a bajar, mil quinientos cien cincuenta veinticinco diez, y si pagan porque has sido buen hombre y has sabido sembrar amor, salís por la puerta del mismo modo que te trajeron, pero meado y resentido con tu propio hermano de leche, que ya no recuerda esa infancia juntos, y te dejan en cualquier descampado, después de lo que han pagado por librarte, y volvés caminando a tu casa que siempre está tan lejos, y ves las mismas caras que negaron su mirada ante el secuestro y los soldados, los soldados azules, los blancos, los rosas, los claros, y también los verdes que siempre buscan camuflarse, soldados que buscan no ser vistos para poder matar invisiblemente, así los muertos no tienen esa oportunidad de matarlos con la condena de ver al verdugo, verlo a los ojos y en los ojos poner esa frase que tanto atemoriza a los que cargan con muertes en su conciencia, te he visto a los ojos, me has matado mirándome a los ojos, los soldados no podrían vivir con tantos ojos diciendo eso, entonces se visten de verde para confundirse con cualquier jardín, cualquier selva, cualquier árbol y poder matar a su antojo, tranquilamente, tantos soldados, los de paz, los de la guerra, los que están ahí porque los mandaron de no se sabe donde ni se sabe quién, pero están ahí y son el nuevo orden, y cumplen órdenes de tipos que hablan en francés o en inglés y no son nacidos ahí mismo, cómo un foráneo va a gobernar a esta gente, un tipo que no es un hermano, es hijo de otra leche, un hijo de puta de estos que no sabe como el pueblo haitiano canta sus canciones, dicen que lo mandan las naciones unidas de la puta loma de allá lejos, esos lo mandan, a decir y hacer lo que ningún hermano puede, a este que quiere gobernar y a los soldados que gobiernan por si mismo, siempre dije, dale una escopeta a un tipo y ya tiene aires de gobernador, y entonces se sienten con derechos de pasar enfrente tuyo por el living de tu casa y acostarse en tu cama y decirte, vos, a dormir afuera, y tu mujer y vos salen, despacito y cabeza abajo, con toda la espalda acurrucada de miedo de que le disparen, esto es así porque sabemos que no tenemos ojos en la nuca, que si los tuviéramos no serían capaces de disparar como a veces disparan, y cuando cruzás el umbral dicen, tu mujer no, y se la meten con ellos en la cama, y después reclaman tus hijas, y si te ven con las nalgas un poco gorda te reclaman también y terminás por entregar eso que a veces no tenés ganas de entregar y menos a un soldado ridículo que usa un casco azul marino, hay que ver con qué autoridad comen de tu comida, usan tu baño y tu cama, y dicen que son órdenes de arriba, y basta imaginarse eso, un tipo que no es tu hermano diciendo, usen todo lo que haya, acuéstense con todas las mujeres que pesen al menos treinta kilos, coman de su comida, beban de su agua, sueñen sus sueños y vivan sus vidas, y luego, cuando hayan saqueado todo lo que se pueda saquear, traen también su oro, su petróleo, su plata, su agua, sus plantas, sus animales, su cielo, su viento, sus manos y sus brazos trabajadores y me los dejan en el escritorio, aquí mis amigos y yo nos repartimos sus riquezas, si es que esto se puede llamar riqueza, imaginarse algo así, que manden soldados para llevarse nuestro país a sus escritorios, eso es darle al mono la navaja, porque un día nos cansamos y nos ponemos a hacer canoas con la piel de sus soldados, y después vamos a sus escritorios y con ellos nos hacemos banquetes
y después volvemos a nuestras tierras devastadas a sembrar de nuevo flores y a regar el mar con las lágrimas que brotan por lo que nos han sacado, ellos, los soldados con cascos multicolores, los lobos disfrazados de corderos, obedientes, obsecuentes de esos extranjeros que nada saben de nosotros, esos soldados que han hecho de nuestras esposas, madres e hijas un único montón de carne en el cual dejar su rabia, quién sabe porqué han de venir aquí, donde supuestamente vienen a dar abrazos y no golpes, a plantar sombras y frutos y no a derribar casas, es inexplicable a veces, aquel que debería contener de repente te golpea, con las manos con las que deberían acariciar, te apuñalan, por muy contradictorio que parezca, en todos los órdenes de la vida, a veces amar a alguien y esperar sólo el soplido fortalecedor de un suspiro muy cerca de nuestra oreja, sólo eso y poder encogerse por el estremecimiento, y a veces el suspiro se vuelve mentira, y la mentira agresión y entonces el suspiro ya no estremece sino que irrita, y ahí se pone terrible la cosa, de mal en peor, el tipo que ha amado tanto, que se ha pasado la vida construyendo un hogar, dando y dando y dando y la tipa muy fresca un día le planta la traición frente a los ojos, y el pobre hombre, con una espada en la frente y un abismo a sus espaldas decide hacer lo que debería ser admitido en estos casos, dar vuelta la vida y convertirla en muerte, y una traicionera ya no traiciona màs, y un traicionero ya no traiciona más, entonces nadie tiene que andar sufriendo traiciones inútiles, innecesarias, accesorias, inútil como tratar de limpiar un jardín allí donde se ha echado ácido y más ácido hasta dejar la tierra como un montón de muertos hecho polvo, si alguna vez intentan dejar una semilla en un montón de cenizas de muerto, van a pasarse la vida esperando que la flor eche raices, que eche sus manos verdes al cielo y nada de eso va a pasar, porque alguien, algunos son de aquí, hermanos, hermanos que han crecido con nosotros y se han salado con el mismo mar que nosotros, otros están cruzando el océano y desde allá ejecutan las órdenes, y otros, no sabemos donde, quizás bajo tierra, quizás en el cielo, quizás finalmente existe un dios tal y como merece que lo imaginemos, que maldijo a los haitianos y dijo allí donde se muere un hombre no ha de crecer un árbol, allí donde hay una vida, un mercenario ha de ponerle precio, allí donde los niños juegan rondaran los lobos, allí donde los bosques duermen iremos matando sus árboles y entonces los bosques no serán bosques sino cementerios, y playas de estacionamiento, y el agua que regaba las raíces de los árboles será embotellada para consumo de los otros, ellos no conocen sus nombres, nadie sabe los nombres de nadie, esa es la más terrible de las maldiciones, esperar que un hermano al que viste volverse hombre, ahora se vuelva un desconocido obedeciendo órdenes solapadas desde esos lugares donde poco a poco se van llevando ese paraíso que decíamos habitar, Haití...

木曜日, 7月 03, 2008

Sin verguenza

la piel del cielo todavía recuerda ese roce de los amantes que le dieron la espalda.
La estrangulación húmeda de un sexo por el otro.
Un órgano penetrando en otro, untados en saliva,
constantemente regados en saliva,
un repetido golpeteo de una piel con otra piel,
rojez de piel,
un cardumen de peces entre las piernas,
un derramamiento de semen entre el pecho y la garganta,
y mil ruegos que sólo dios escucha,
y calla sonrojado y hace como que no escucha.
los amantes no se detienen.
No sienten verguenza.
piden más y más y más.
Lo único que podría separarlos de esta penetración es
una daga de oro bendecida por los santos.