"Apenas bajó de la barca vino a su encuentro un hombre poseído por un espíritu inmundo, que habitaba en los sepulcros. Era un hombre al que no podían dominar. Lo habían atado con cadenas y grillos, pero él había roto las cadenas y destrozado los grillos. Ahora deambulaba entre los sepulcros hiriéndose con piedras. Al ver a Jesús se postró ante él y le dijo: Qué tienes tu conmigo Jesús? Te conjuro por dios que no me maltrates. Porque al verlo Jesús le había preguntado: Quién eres tú? cómo es tu nombre? Y el hombre poseído por el espíritu inmundo había respondido: Mi nombre es Legión, porque somos muchos."
Mi grandeza se sustenta en el desprecio que tengo por la vida humana. Pero este desprecio es diálectico. La humanidad también me desprecia. Tengo los poros de mi piel demasiado sensibles al rechazo. Y de eso me colmo. Ahora siento a la bestia creciendo dentro de mí. Una bestia que respira el mismo aire que respiro, siente lo mismo que yo siente. A esta bestia le arrojo desamor, desencanto, todos los pantanos y ciénagas de mi existencia. Es el depósito de mi sordidez. Este súbito deseo de asesinar se apodera hace años de mí y no deja lugar para nada más. Lo sentí crecer dentro de mi alma como un tumor maligno. Luego mi cuerpo fue demasiado pequeño para contener tanta maldad y como un virus fatal se extendió a todo aquello que me rodeaba. Todas las cosas fueron tocadas por la homicida. Hubo días en que la respiración se volvía espesa como un cóagulo de sangre por el ahogo que me producía tanto rencor. El odio ya instalándose, ya infectando, ya empollando huevos. Hace una semana maté un tipo sólo por el placer de verlo desangrarse en mi cama. Su proximidad era sucia, mediocre, inmundo, y no merecía estar mancillando mi cama con su pestilente transpiración, entonces le corté los testículos con mis propios dientes. Siempre luego de matar digo una oración en nombre de la víctima. Dice así: padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino de desgracias e iras, de plagas y privaciones. Y en ese instante puedo ver a dios, recostado en su trono, como una deidad obesa y plácida, sonriendo satisfecho, lleno de orgullo por su discípula, la que comanda los dedos de la vida y de la muerte. Mis asesinatos son actos de amor. Salvo a mis víctimas de una existencia sin sabiduría, vulgar existencia de los vulgares. Los dioses, los otros, los que han sido desplazados ante la dictadura de la trinidad, festejan desnudos, con antiguas letanías, la bienaventuranza de mis crímenes.
Las orgías divinas aparecen en el mismo momento en que desaparece mi deseo. Entonces yo también estoy como muerta, después de matar siempre muero un poco. Debo aprender a llenarme del deseo que me obliga a matar como una sed primaria. El vacío me vuelve triste y me abandono a eso que los hombres llaman resignación. No me quiero resignar. Ni siquiera a la muerte. Mi amada muerte. Sobretodo la muerte del prójimo.
La primera vez que maté a alguien era muy tarde, de noche. Estaba sentada en el cordón de la vereda, esperando la nada. Mis pies hundidos en el agua sucia que se amontona en las calles. Mi bombacha se veía desde lejos como un carbón encendido en medio de mis piernas. Mi bombacha manchada de semen y orina seca. Un tipo con barba me miraba desde lejos. Como una bestia vino a arrojarse sobre mí, a lamerme con sus piropos baratos, a bañarme en la agria saliva de su concuspicencia, a indagar sobre mi y sobre la hora y sobre la noche y yo adolescía de todas las respuestas.
Cómo un soplido brusco algo se depositó dentro de mí. Algo perverso y amorfo que se me fue a las manos, y a los dientes y en un minuto tan sólo estaba con su carne en mi cuello, y lavándome las manos de esa sangre apestosa, bendita sangre apestosa que yo derramé ante un sólo testigo. Ese dios amargo que nos hizo a su imagen y semejanza.
Puedo corromper sólo con untar mi saliva en una boca ajena. Tan sólo con posar mis dedos sobre las vestiduras de mi víctima basta para corromperla, atraparla como a una mosca pequeña para dejarla morir en un frasco sin oxígeno.
Cuando era todavía una larva, un embrión sin sexo ni músculos, mi madre solía hablarme secretamente, como hubiera hablado con cualquier adulto. Decía: más grande que una montaña. Desde la matriz escuchaba sus palabras: serás más grande que una montaña. Yo intuía que las montañas alcanzaban alturas semejantes a los animales que acompasaban mis latidos.Cuando crecí supe que ni la montaña más alta y antigua podría siquiera ensombrecer mis pies.
Mi madre se dirigía a mí con una ternura y un cariño que nunca más han vuelto a prodigarme, ni los amantes más perseverantes ni los amigos más fieles. El suyo era un cariño demoledor, inconmensurable. Nunca supo que yo me alimentaba del brillo de su alma para alimentar la mía. Yo, el perverso polimorfo, sin reglas, sin sexo, sin músculos, me alimenté de su carne, de su sangre, de la fortaleza de sus huesos para aumentar mi grandeza. El saqueo fue ingrato lo se. Al nacer la vi tal y como siempre sería, despojos de una carne cansada, la madre de la asesina, la virgen madre de mí.
Nací sabiendo el lenguaje de todos los hombres, sabiendo de antemano la soledad de los hombres con un conocimiento propio de los sabios ancianos, sabiendo he dicho, lo solos que están todos los hombres y lo vergonzoso que es ser hombre, per se. Sólo existir implica una verguenza irreconciliable, con la naturaleza y el universo en su totalidad. Siendo muy niña conocía todos los defectos, virtudes, debilidades y fortalezas de las razas de este mundo. Cualquiera que osaba mirarme a los ojos comparecía ante mi sabiduría. Mi mirada vaciaba todo rastro de humanidad en las personas. Allanaba cualquier esperanza, cualquier tipo de sentimiento que se parezca al cariño, a la compasión o la ternura. Era la maldad sin razón ni conciencia. De todos modos no fue una alimentación regular y mucho menos fácil. Las personas le niegan sus ojos a las criaturas feas, deformes. También se niegan a nombrarlas, a tocarlas, a darles una existencia civil. Entonces niegan por completo toda su existencia, la civil, la humana, la espiritual, hasta obligarlas a desaparecer en las sombras.
Creyendo que yo ignoraba su lenguaje solían decirme criatura repugnante, maldito animal, sucio engendro. Pero yo era paciente. Un gusano astuto que sabe procurarse su alimento. En la espera de su misericordia, aprendí a matar a través de mis ojos. Matar cualquier alternativa de progreso, cualquier simulacro de humanidad en sus almas. Fueron banquetes apotéosicos.
A los cinco años ´percibí como mi sexo se expandía y contraía con la velocidad de un parpadeo. Vibraba. Latía como un corazón joven. Pensé que iba a morir de ese latido, que iba a desaparecer de ese temblor. Y me lo corté. Me corté el sexo y se lo mostré a mi padre. Aquí está la razón de los miedos. Dije. La razón de las guerras, la razón del dolor. Ha muerto, no sentiré más dolor. Entonces mi padre me deformó aún más con sus golpes, ya no fui una niña. Era una bolsa de piel hecha para recibir golpes. En mi cuarto, reponiéndome de aquello, el ángel de la muerte vino a visitarme. He venido a buscarte, me dijo. Dijo: eres la maldad y el hastío, la venganza y la justicia, la justicia mucho más divina y demoníaca que es la justicia que crean los hombres con su conducta inhumana. Yo giré mi cabeza, entre los resplandores de luz encontré sus ojos y bastó para ver apagarse, como una llama en el vacío, toda la dignidad de su misógina y prejuiciosa alma. Abrió la puerta y se fue caminando, con las túnicas entre las piernas, como cualquier mortal, perseguido por los perros.
Así crecí. Como una flor ponzoñosa en medio de las delicadas flores que son vuestros hijos y vuestras hijas. Siempre escondida, siempre caminando pegada a las paredes para no ocupar el lugar que legítimamente le correspondía a sus hijos y no a mí, por ser lo que era. Poseía un olfato refinado. A metros, refugiada en mi soledad, que era como una casa construida de piedras y cemento, podía respirar el jabón con el que bañaban a sus crías. Blancas crías hechas para encandilar las sombrías crías de los lobos, de las ratas, de los pobres. Olía sus sexos, el hedor de las vaginas, carnosas y ceñidas como un puño apretado, despidiendo tufos bajo las faldas. Las vaginas, los capullos de podredumbre de sus putas hijas. Olía las secreciones de los penes que se mantenían duros por el roce de la ropa, por el soplo del viento, por la salida del sol, por las olas del mar. Inútiles penes en las impotentes cabezas de sus hijos. Yo no tenía sexo. Era la única que no tenía sexo.
Las madres siempre niegan la existencia del sexo de sus hijos. Empiezan por no nombrarlo. No hay sexo entre esas piernas, hay flores, hay animalitos, hay cositas innombrables que deben esconderse y hacer todas las cosas que se pueden imaginar que hacen esas cositas, pero siempre en la sombra del silencio. Pasan la vida creyendo en la pureza de sus hijos, como si no estuvieran hechos del mismo molde de dios, saben bien a lo que me refiero, hombre y mujer al mismo tiempo, mal y bondad, desdicha y felicidad.
Yo se bien lo que esconden sus hijos. Yo se bien porque lo he visto, los hilos con que están trenzados sus dulces hijos sin sexo. Los he visto apaleando homosexuales en los callejones, los he visto esconderse detrás de los cortinados en los restaurantes, vomitando ratas negras y masturbándose con la imagen de sus madres. Esos niños bonitos y ricos, bien educados y bien aprendidos, tienen por costumbre, violar a las niñas que salen inocentes de las escuelas y las clases de danza. Hay niños hechos para violar y niños hechos para matar. Deberían tener un dios los primeros y los segundos. Y un justiciero, que reparta la vida y la muerte de acuerdo con la sensibilidad de su corazón. Eso son sus hijos. Mierdas y putas. Las putas comen la mierda de las mierdas. Y se casan y engendran más mierdas y más putas.
La piel de las víctimas de esta clase es siempre distinta, sus axilas huelen siempre distinto, sus dentaduras siempre son blancas, insultantes, pero el arte de todos los perfumistas del mundo es obsoleto para neutralizar el olor a perro muerto de sus sexos.
La muerte otorgada a la fuerza es mi homenaje a los pájaros de la tarde que vuelan siempre hacia otro lugar. Los pájaros siempre vuelan hacia otro lugar. Es también un homenajea los pobres y a los que huyen como los pájaros de las piedras que arrojan los niños ricos. Desterrados de todo y para siempre, como perros con sarna. Ellos son los verdaderos señores de la tierra, los verdaderos dioses de la tierra y no esas míseras estatuas con vestiduras de verguenza que aman los cristianos. Con ese amor patético que sienten los cristianos por todo lo que hay, hubo y habrá sobre la tierra. El mismo amor que me condenó al sueño eterno. Cuatro siglos dormí sin poder despertar. Acosada por pesadillas. Cuatro siglos en los que ustedes me curbieron de vejaciones, se orinaron en mi dignidad y se rieron de mi infortunio. Durante cuatro siglos maldijeron mi suerte. Y ahora mírense uno junto al otro por temor a perderse, con miedo a la noche, al día, al ladrón, al asesino, al político, al vecino, al hermano, al hijo, al padre, miedo a todo lo que han construido, como sociedad, qué bonito ejemplo, qué gran verdad, ustedes son la máquina de la muerte, la que construye las armas. La sociedad que se crea y se consume a sí misma. Ustedes ensucian el amor como ensuciaron mi nombre. Ahora es tan sucio y fatal que nisiquiera yo misma puedo nombrarme. Estoy condenada a ser anónima. A morir sin nombre. A morir algún día y no poder ser recordada. Un fantasma sin nombre y sin sexo.
No.
No quiero morir así.
No tengan miedo de los niños ricos que violan a sus hijas, ni al ladrón que los desgarra por sucias monedas. Tengan miendo de su modo de amar.
Llegará el día en que comeré su carne y mancharé con vuestra sangre mis túnicas. Por haberme condenado a crear un infierno en dónde habitar con mi cuerpo y mi alma. Por haber puesto frente a mis ojos tanto horror y miseria. Después de cuatro siglos de letargo desperté en una ciudad devastada. Ya no hay ojos en sus rostros, hay cuencos vacíos, hay gusanos en sus ojos. En mi ausencia han pecado, han comido frutos prohibidos, han copulado con los ángeles. Han manchado mi linaje, yo fui la puta más sagrada y hereje de todas y ahora me han dejado sin nombre! Tengo verguenza, tengo muchos silencios dentro de mi alma. Gritos sordos, como el hielo, así es el sonido que hay dentro de mi alma.
Y ahora este súbito deseo de asesinar. Matar degollar lacerar cortar quemar ahogar. Este instinto no es por maldad. Créanme, es rencor, es un amor que alguna vez fue infinito y ahora ha mutado en un ser viscoso, lleno de tentáculos, déjense abrazar por los tentáculos de mi amor.No alcanzaron cuatro siglos de muerte para mitigar mi dolor, dios, tú que atiendes a tu rebaño, me esc uchas? lo entiendes? recuerda las poesías dichas en tu nombre, las fiestas santificadas, recuerda el fervor conque amé a tus hijos,no me abandones ahora. Destruyo porque mi sangre hierve dios, sólo es un intento desatinado por salvar mi alma. No seas cruel y concédeme la muerte.
Cuando me preguntan porqué mato, yo siempre respondo lo mismo. Que es porque no me puedo morir. Que alguien me maldijo y ahora no me puedo morir. Muchas noches es tal el cansancio que rezo en todas las lenguas conocidas para poder morir, necesito abandonar mi cuerpo, desaparecer tranquilamente, descansar de todos esos cuerpos que fueron muertos por mi, ese cansancio que me quedó tatuado en las manos, el cansancio que es al fin y al cabo, el cansancio de todos los asesinos. Necesita mi alma desprenderse de mi cuerpo porque la carne la está corrompiendo. Tal vez mucho antes de ser un embrión, tal vez mucho antes de ser una niña, yo tuve un alma inocente, como un niño custodiado por su madre para no morir por la noche. Pero al contacto de esa alma con mi carne, siento que todo se ha derrumbado, todo se ha vuelto sórdido y fatal. Y sufro, y lucho por escapar, pero no puedo, porque alguien me maldijo y no me puedo morir. Entonces mato. Mato porque mis manos van derecho al cuello de mis víctimas, mato porque mis ojos no saben mirar de otro modo que con rencor, estoy ciega de ira y de rencor, hay demasiada noche oscura en mis ojos. Mato porque hay una bestia de mi, una pobre bestia creciendo dentro de mí. Tiene la voz de un pájaro ronco. Escuchen su canto. Mi bestia, mi hija, mi hermosa bestia, reclama la sangre del prójimo, es imposible ignorarla. Ella ocupa todo el hueco que antes había dentro de mi, un hueco en lugar de útero. Vino a ocupar mi vacío porque el universo no tolera los vacíos. Fíjense cómo la piel se cierra inmediatamente en una herida, arrojen una caja vacía en un baldío y verán cómo pronto de llena de yuyos, de alimañas, de basura. Piensen en los sexos femeninos, cóncavos y profundos se alimentan de falos que mitigan el dolor de tener un hueco, una puerta abierta entre las piernas. Así, del mismo modo hay una bestia dentro de mí ocupando el vacío y la negritud.
Soy una artista de la muerte. Soy una asesina triste y solterona. Les pediría que me maten pero ya saben que no puedo morir. Ningún mortal puede tocarme. Y es sabido que se debe matar cuerpo a cuerpo, sino, la belleza del asesinato queda manchada con el color de la cobardía. Que es púrpura como el alma del que ejecuta la orden. Aprendamos de los animales, que mueren en los dientes de otro animal.
Alguna vez intenté acercarme a un hombre y contruir un amor. Pero el amor es una cosa desoladora, como acercarse a un desierto poco a poco, o nadar en un océano sin peces. Los hombres no saben amar. Las mujeres aman demasiado. El amor es un privilegio tontamente femenino. Yo tampoco he sabido enseñar, o impartir el arte de amar. Ahora pago las culpas. Al fin y al cabo... en esta caja, llena de mariposas muertas que es mi alma, no cabe otra más que yo. No hay lugar para nadie más. Me acostumbré a la soledad. No se amar. No se perdurar. Soy efímera como un grito. Nada más.
Cuánta tristeza hay en las cosas, verdad? Y cuánta locura.
Pero ustedes no pueden nombrar la locura. Sólo yo, puedo untar mi lengua con el almíbar de su nombre. Ustedes no saben lo que es la locura.
Ustedes no saben lo que es el dolor.
Ustedes no saben lo que es amor.
Ustedes no saben de lo que soy capaz.
Aquí están mis manos para enseñarles todo lo que sus almas ignoran.Les prometo dolor, les prometo miedo, y luego, el silencio.